4/21/2010

Pies cavos

La tragedia de Calisto Domínguez fue culpa de sus pies cavos. Eran unos pies elegantes, de hermoso arco y perfil estilizado que en nada hacían sospechar lo mucho que le fastidiaban. Ni siquiera padecía las insidiosas sobrecargas metatarsales que tantas durezas producen en la planta y tanto fustigan al andar. Empezaba con una molestia difusa y terminaba con un dolor en todo el pie que le obligaba a sentarse. Y para un metre del mejor restaurante de la ciudad, la silla estaba reñida con el oficio.

El día que pasó lo que pasó, Calisto había invitado a un par de matrimonios amigos a su casa de campo. De vez en cuando, le apetecía cambiar la pulcra cocina de acero inoxidable y los platos de diseño del restaurante donde trabajaba por la barbacoa dominguera, con sus sardinas y sus chorizos, bocados proscritos para su selectísima clientela. Aunque a Sole, su mujer, no le apetecía mucho ir por el campo -para limpiar casas ya tenía bastante con el piso de la ciudad- aceptó de buen grado cuando se enteró de los invitados: Valentín, el dueño del restaurante, con Pepa, su mujer y sus tres hijos y la pareja formada por Marta y Nicolás, con su chiquitín de tres años.

La mañana amaneció luminosa y fresca, con unas nubecillas de algodón que moteaban el cielo. Parecía ser el primer día bueno de la primavera. En vez de acudir al proveedor habitual, hizo la compra en el mercado del pueblo y para la una de la tarde ya estaba la barbacoa encendida y las mesas puestas en el jardín: una para los adultos y otra para los niños. En la mesita auxiliar, colocados en orden militar, se insinuaban los chorizos, las chuletitas de cordero, las sardinas y las costillas, protegidos de las moscas por un limpísimo lienzo. Al lado, el gran cuchillo de cortar carne parecía custodiar el condumio. En un barreño lleno de agua y cubitos de hielo flotaban, como queriéndose escapar, los refrescos, las cervezas y la manzanilla, y en el botellero refrigerado, tres botellas de Rivera del Duero gran reserva.

Media hora antes habían empezado a llegar los invitados. Marta, con su visible estado de buena esperanza estaba aún más radiante que el día de su boda ¡que bien le sentaban a esta chiquilla los embarazos! y su marido Nicolás, el cocinero ayudante, que apreciaba lo que tenía, no le quitaba la vista de la cara ni la mano de la cintura. Con la otra sujetaba la de Nico, en la edad tonta que no paran de corretear pero que aún no se les puede dejar solos. Minutos después aparcó su todoterreno de lujo Valentín. De la puerta derecha descendió Pepa con dificultad debido a la altura del vehículo y al sobrepeso de la señora, que lucía una gordura descarada y, aparentemente, sin complejos. Quizás por eso acudía poco al restaurante, del que decía que ofrecía mucho diseño y poca sustancia. De los asientos de atrás se bajaron los retoños, una adolescente de catorce abriles con cara de enfado, un niño regordete de unos diez añitos con un videojuego pegado a las manos, y el pequeño, de la edad de Nico y la hechura de su hermano mayor.

Calisto había acudido a las consulta semanas antes, un jueves por la tarde. Me advirtió nada más entrar que sabía que tenía los pies cavos pero que no quería plantillas, porque le habían hecho ya dos pares y no aguantaba ningunas. Las sacó de una bolsa, mostrándomelas: una era un modelo estándar de ortopedia, sin la descarga adecuada, y la otra resultaba tan ancha que no cabrían en ningún zapato, y carecía también de los relieves necesarios. Disculpando los fallos cometidos por los otros profesionales, le informé de que se podía hacer un tratamiento mejor, igualmente con plantillas pero con otra técnica, combinado con un calzado idóneo. Tras informarse de los detalles, se mostró de acuerdo e iniciamos el protocolo clínico: datos personales, antecedentes, exploración y todo lo demás. Tomé los moldes de sus pies, marqué en ellos las modificaciones y le hablé del calzado, protagonista de esta historia. -Lo mejor, Calisto, es colocar estas plantillas en unos zapatos anchos y cómodos que traiga de fabrica su propia plantilla incorporada; usted le quita la que trae y le pone la que le vamos a realizar a su justa medida. Le indiqué varias marcas adecuadas y quedó citado para recoger el tratamiento a la semana siguiente.

El correteo de los más pequeños por el césped servía de fondo a la comida campestre. La grasa de las costillas chisporroteaba sobre las ascuas y un viento incipiente se llevaba la humareda hacia el chalet de al lado. La segunda de Ribera estaba en las últimas y el cajón de los botellines vacíos casi repleto. Sole agasajaba a los invitados, sirviéndoles bebidas y frutos secos, y Calisto apenas se apartaba de la barbacoa, dando vueltas a los asados y llenando platos. De vez en cuando le reclamaba a su mujer una cervecita, pues con el calor de la lumbre no le apetecía el tinto. Ella le rellenaba el baso y seguía a lo suyo. Charlaba animadamente con Nicolás y con Valentín, cuya barriga cervecera competía en prominencia con el precioso vientre preñado de Marta. Sole parecía estar contenta ese día y él se alegró. Últimamente se mostraba distante, incluso algo esquiva, y no alegaba motivo alguno cuando le preguntaba sobre el tema. Seguía pareciéndole atractiva aunque se acercaba a esa edad que las mujeres tanto temen. Hoy, contagiada quizás por la atmósfera, estaba espléndida. Calisto notó que el sol picaba de una manera especial y que unas nubes densas asomaban por el horizonte.

Como acordaron, una semana después de la primera consulta Calisto acudió de nuevo para recoger sus plantillas. Se las colocó bajo sus pies, subido en la superficie acristalada del podoscopio, y notó la agradable sensación de que la toda la planta apoyaba completamente y que la presión excesiva se aliviaba tras los dedos. El talón parecía inmerso en una suave cuna y el arco del pie sostenido por una mano firme y amable. -Y que calzado me pongo, doctor, porque en los que uso no me van a entrar. -Presisamente de eso hablamos. Debe comprarse los zapatos cómodos con plantillas extraíbles que le dije, quitárselas y meter las suyas.

A pesar del buen comienzo, el día se estaba encapotando y un viento frescachón y desagradable agitaba el toldo de la terraza. El último plato era de chuletitas de cordero, y aunque la gente parecía harta de comer, Calisto no quería que nadie se quedara sin ese bocado exquisito que apenas llena el estómago. El carnicero le había asegurado que eran magníficas. Pepa hablaba con Marta de los problemas que dan los hijos adolecentes. Nicolás contemplaba los rosales, los pequeños construían castillos con fichas dominó, el regordete hacía gimnasia de dedos con la maquinita y la adolescente meneaba la cabeza al ritmo de un MP3 cuyo sonido desbordaba los auriculares. A falta de un tenedor a mano, Calisto trinchó la mejor chuletilla con el cuchillo de cortar carne y buscó con la mirada a su mujer, no fuera a quedarse sin probar el cordero.

En una zapatería de renombre encontró lo que buscaba. Una dependienta madurita, que conocía su oficio, le recomendó una marca que daba buenos resultados, aunque no era la más cara. Calisto le comentó que necesitaba dos pares de zapatos de estilo diferente. Uno más discreto para usarlo en la cocina pero que a la vez fueran adecuados para salir a al comedor a saludar a los comensales, y otro para la vida diaria, fuera del trabajo. La señora le trajo primero el par de calle y entró después en el almacén a buscar el calzado de cocina.Volvió con una caja blanca de tapa azul. Envueltos en papel de seda aparecieron unos zapatos marrones, fijados con velcro de suela gruesa, ligeros y flexibles. Se los puso y enseguida notó que sus pies se sentían a gusto y parecían estar descalzos, aunque la sujeción estaba apretada. Al dar los primeros pasos se dio cuenta de una particularidad de los nuevos zapatos: eran muy mullidos, como los pies de los gatos, y resultaban totalmente silenciosos. No hacían ningún, absolutamente ningún ruido al caminar.

Un trueno trepidó con fuerza. Cuchillo en mano, con la chuletita en su punta, Calisto entró en la casa buscando a Sole. penetró en el salón que estaba desierto y recorrió el largo pasillo. Del dormitorio principal, a través de la puerta entreabierta, parecían oírse unos susurros y el frufrú de algún tejido. Curioso e inquieto, entró en la habitación y se quedó pasmado. Valentín, semiechado en la cama sobre su mujer, giró la cabeza sobresaltado mientras mantenía aún su mano bajo la blusa de ella, dejando entrever el precioso sujetador de fantasía, regalo de aniversario. Sole, dando un respingo, soltó lo que acariciaba en la entrepierna, mostrando la barriga blanca y globosa del amante. Calisto la miró y la vio indefensa, débil, víctima del abusador que no solo le robaba su trabajo y su genio profesional casa semana sino también su felicidad entera. Una cascada de truenos explosivos ensordeció el ambiente. Notó que sus piernas le impulsaban como un resorte hacia la cama y que el cuchillo, con vida propia, se clavaba bajo las costillas de su jefe, proyectado hacia arriba, ensartando corazón y chuletilla en la misma hoja. Una mancha pegajosa y caliente se extendió por la colcha a la vez que la mujer, abrochándose la blusa y emitiendo chillidos entrecortados, salia corriendo hacia el pasillo. Después, una sensación de vértigo, de vacío, de irrealidad, invadió su mente. Se sucedieron gritos, llantos, sirenas, una ambulancia... y un sargento de la Guardia civil con cara de circunstancias que le ponía las esposas. Al subir al coche patrulla, dos palmadas de Nicolás en el hombro trataban de animarlo y un fuerte aguacero acompañó a la comitiva camino del Cuartel. Dentro del patrullero, Calisto mantenía fija la mirada en sus zapatos nuevos.


2/10/2010

Loquito me tienes


Loquito me tienes, niña
Loquito me tienes, loco
El temblor de tus enaguas
Me come poquito a poco
Poder odiarte quisiera
Pero no puedo tampoco

Mira que me tiene dicho
Mi mare que no te viera
Contigo me voy pa´l nicho
Antes de que ella se muera
Y mi pare pena cantando
Mi niño va con cualquiera

Loquito me tienes, niña
Caramelitos amargos
Cada vez que tú me miras
Me pones entre los labios

Quien fuera las maderitas
que pisas con tus tacones
Quien fuera el pañuelito
Que abraza tus corazones
Quien fuera carmín en tus labios
Quien fuera tus dos amores

Si me dices ¡no te quiero!
mañana no vengo a verte
las rejas de tu ventana
son pa´mi rejón de muerte.

Campanitas de la torre
Tocadle cuando ella pase
Vientecitos de levante
Calmarse cuando ella llegue
Palomas arrulladoras
Posarse cuando ella baile
Angelotes alados
Cuidadla mientras se duerme

Tu mirada pirata
Niña de cuarenta ladrones
Me ha nublado la razón
Me ha clavado sus aguijones
Me ha atrapao a traición.

Mañana por la mañana
Vendré tempranito a tu vera
Y si tu mare me impide
Quererte de alguna manera
Al oído le iré suplicando
Por la sagrada cruz de madera

Cinco dedos de mi mano
Cinco velas pa´embrujarte
Cinco versos pá atraerte
Cinco plumas pa´mimarte
Cinco rosas pa´quererte
Cinco garras pa´ velarte
Y cinco vendas…
pa´no verte.

Un corazón desbocado
Unos ojos que no evitan
Un mirar de pecado
Una garganta que musita
Un requiebro apasionado
Y un silencio que no quita
Un grito de enamorado.
Niña del pelo de oro
Niña de la sonrisa bonita
Niña del talle gracioso
Niña de la voz luminosa
niña de la chispa en los ojos
rocío de las noches de mayo
fuente de mis suspiros llorosos.