4/21/2010

Pies cavos

La tragedia de Calisto Domínguez fue culpa de sus pies cavos. Eran unos pies elegantes, de hermoso arco y perfil estilizado que en nada hacían sospechar lo mucho que le fastidiaban. Ni siquiera padecía las insidiosas sobrecargas metatarsales que tantas durezas producen en la planta y tanto fustigan al andar. Empezaba con una molestia difusa y terminaba con un dolor en todo el pie que le obligaba a sentarse. Y para un metre del mejor restaurante de la ciudad, la silla estaba reñida con el oficio.

El día que pasó lo que pasó, Calisto había invitado a un par de matrimonios amigos a su casa de campo. De vez en cuando, le apetecía cambiar la pulcra cocina de acero inoxidable y los platos de diseño del restaurante donde trabajaba por la barbacoa dominguera, con sus sardinas y sus chorizos, bocados proscritos para su selectísima clientela. Aunque a Sole, su mujer, no le apetecía mucho ir por el campo -para limpiar casas ya tenía bastante con el piso de la ciudad- aceptó de buen grado cuando se enteró de los invitados: Valentín, el dueño del restaurante, con Pepa, su mujer y sus tres hijos y la pareja formada por Marta y Nicolás, con su chiquitín de tres años.

La mañana amaneció luminosa y fresca, con unas nubecillas de algodón que moteaban el cielo. Parecía ser el primer día bueno de la primavera. En vez de acudir al proveedor habitual, hizo la compra en el mercado del pueblo y para la una de la tarde ya estaba la barbacoa encendida y las mesas puestas en el jardín: una para los adultos y otra para los niños. En la mesita auxiliar, colocados en orden militar, se insinuaban los chorizos, las chuletitas de cordero, las sardinas y las costillas, protegidos de las moscas por un limpísimo lienzo. Al lado, el gran cuchillo de cortar carne parecía custodiar el condumio. En un barreño lleno de agua y cubitos de hielo flotaban, como queriéndose escapar, los refrescos, las cervezas y la manzanilla, y en el botellero refrigerado, tres botellas de Rivera del Duero gran reserva.

Media hora antes habían empezado a llegar los invitados. Marta, con su visible estado de buena esperanza estaba aún más radiante que el día de su boda ¡que bien le sentaban a esta chiquilla los embarazos! y su marido Nicolás, el cocinero ayudante, que apreciaba lo que tenía, no le quitaba la vista de la cara ni la mano de la cintura. Con la otra sujetaba la de Nico, en la edad tonta que no paran de corretear pero que aún no se les puede dejar solos. Minutos después aparcó su todoterreno de lujo Valentín. De la puerta derecha descendió Pepa con dificultad debido a la altura del vehículo y al sobrepeso de la señora, que lucía una gordura descarada y, aparentemente, sin complejos. Quizás por eso acudía poco al restaurante, del que decía que ofrecía mucho diseño y poca sustancia. De los asientos de atrás se bajaron los retoños, una adolescente de catorce abriles con cara de enfado, un niño regordete de unos diez añitos con un videojuego pegado a las manos, y el pequeño, de la edad de Nico y la hechura de su hermano mayor.

Calisto había acudido a las consulta semanas antes, un jueves por la tarde. Me advirtió nada más entrar que sabía que tenía los pies cavos pero que no quería plantillas, porque le habían hecho ya dos pares y no aguantaba ningunas. Las sacó de una bolsa, mostrándomelas: una era un modelo estándar de ortopedia, sin la descarga adecuada, y la otra resultaba tan ancha que no cabrían en ningún zapato, y carecía también de los relieves necesarios. Disculpando los fallos cometidos por los otros profesionales, le informé de que se podía hacer un tratamiento mejor, igualmente con plantillas pero con otra técnica, combinado con un calzado idóneo. Tras informarse de los detalles, se mostró de acuerdo e iniciamos el protocolo clínico: datos personales, antecedentes, exploración y todo lo demás. Tomé los moldes de sus pies, marqué en ellos las modificaciones y le hablé del calzado, protagonista de esta historia. -Lo mejor, Calisto, es colocar estas plantillas en unos zapatos anchos y cómodos que traiga de fabrica su propia plantilla incorporada; usted le quita la que trae y le pone la que le vamos a realizar a su justa medida. Le indiqué varias marcas adecuadas y quedó citado para recoger el tratamiento a la semana siguiente.

El correteo de los más pequeños por el césped servía de fondo a la comida campestre. La grasa de las costillas chisporroteaba sobre las ascuas y un viento incipiente se llevaba la humareda hacia el chalet de al lado. La segunda de Ribera estaba en las últimas y el cajón de los botellines vacíos casi repleto. Sole agasajaba a los invitados, sirviéndoles bebidas y frutos secos, y Calisto apenas se apartaba de la barbacoa, dando vueltas a los asados y llenando platos. De vez en cuando le reclamaba a su mujer una cervecita, pues con el calor de la lumbre no le apetecía el tinto. Ella le rellenaba el baso y seguía a lo suyo. Charlaba animadamente con Nicolás y con Valentín, cuya barriga cervecera competía en prominencia con el precioso vientre preñado de Marta. Sole parecía estar contenta ese día y él se alegró. Últimamente se mostraba distante, incluso algo esquiva, y no alegaba motivo alguno cuando le preguntaba sobre el tema. Seguía pareciéndole atractiva aunque se acercaba a esa edad que las mujeres tanto temen. Hoy, contagiada quizás por la atmósfera, estaba espléndida. Calisto notó que el sol picaba de una manera especial y que unas nubes densas asomaban por el horizonte.

Como acordaron, una semana después de la primera consulta Calisto acudió de nuevo para recoger sus plantillas. Se las colocó bajo sus pies, subido en la superficie acristalada del podoscopio, y notó la agradable sensación de que la toda la planta apoyaba completamente y que la presión excesiva se aliviaba tras los dedos. El talón parecía inmerso en una suave cuna y el arco del pie sostenido por una mano firme y amable. -Y que calzado me pongo, doctor, porque en los que uso no me van a entrar. -Presisamente de eso hablamos. Debe comprarse los zapatos cómodos con plantillas extraíbles que le dije, quitárselas y meter las suyas.

A pesar del buen comienzo, el día se estaba encapotando y un viento frescachón y desagradable agitaba el toldo de la terraza. El último plato era de chuletitas de cordero, y aunque la gente parecía harta de comer, Calisto no quería que nadie se quedara sin ese bocado exquisito que apenas llena el estómago. El carnicero le había asegurado que eran magníficas. Pepa hablaba con Marta de los problemas que dan los hijos adolecentes. Nicolás contemplaba los rosales, los pequeños construían castillos con fichas dominó, el regordete hacía gimnasia de dedos con la maquinita y la adolescente meneaba la cabeza al ritmo de un MP3 cuyo sonido desbordaba los auriculares. A falta de un tenedor a mano, Calisto trinchó la mejor chuletilla con el cuchillo de cortar carne y buscó con la mirada a su mujer, no fuera a quedarse sin probar el cordero.

En una zapatería de renombre encontró lo que buscaba. Una dependienta madurita, que conocía su oficio, le recomendó una marca que daba buenos resultados, aunque no era la más cara. Calisto le comentó que necesitaba dos pares de zapatos de estilo diferente. Uno más discreto para usarlo en la cocina pero que a la vez fueran adecuados para salir a al comedor a saludar a los comensales, y otro para la vida diaria, fuera del trabajo. La señora le trajo primero el par de calle y entró después en el almacén a buscar el calzado de cocina.Volvió con una caja blanca de tapa azul. Envueltos en papel de seda aparecieron unos zapatos marrones, fijados con velcro de suela gruesa, ligeros y flexibles. Se los puso y enseguida notó que sus pies se sentían a gusto y parecían estar descalzos, aunque la sujeción estaba apretada. Al dar los primeros pasos se dio cuenta de una particularidad de los nuevos zapatos: eran muy mullidos, como los pies de los gatos, y resultaban totalmente silenciosos. No hacían ningún, absolutamente ningún ruido al caminar.

Un trueno trepidó con fuerza. Cuchillo en mano, con la chuletita en su punta, Calisto entró en la casa buscando a Sole. penetró en el salón que estaba desierto y recorrió el largo pasillo. Del dormitorio principal, a través de la puerta entreabierta, parecían oírse unos susurros y el frufrú de algún tejido. Curioso e inquieto, entró en la habitación y se quedó pasmado. Valentín, semiechado en la cama sobre su mujer, giró la cabeza sobresaltado mientras mantenía aún su mano bajo la blusa de ella, dejando entrever el precioso sujetador de fantasía, regalo de aniversario. Sole, dando un respingo, soltó lo que acariciaba en la entrepierna, mostrando la barriga blanca y globosa del amante. Calisto la miró y la vio indefensa, débil, víctima del abusador que no solo le robaba su trabajo y su genio profesional casa semana sino también su felicidad entera. Una cascada de truenos explosivos ensordeció el ambiente. Notó que sus piernas le impulsaban como un resorte hacia la cama y que el cuchillo, con vida propia, se clavaba bajo las costillas de su jefe, proyectado hacia arriba, ensartando corazón y chuletilla en la misma hoja. Una mancha pegajosa y caliente se extendió por la colcha a la vez que la mujer, abrochándose la blusa y emitiendo chillidos entrecortados, salia corriendo hacia el pasillo. Después, una sensación de vértigo, de vacío, de irrealidad, invadió su mente. Se sucedieron gritos, llantos, sirenas, una ambulancia... y un sargento de la Guardia civil con cara de circunstancias que le ponía las esposas. Al subir al coche patrulla, dos palmadas de Nicolás en el hombro trataban de animarlo y un fuerte aguacero acompañó a la comitiva camino del Cuartel. Dentro del patrullero, Calisto mantenía fija la mirada en sus zapatos nuevos.


2/10/2010

Loquito me tienes


Loquito me tienes, niña
Loquito me tienes, loco
El temblor de tus enaguas
Me come poquito a poco
Poder odiarte quisiera
Pero no puedo tampoco

Mira que me tiene dicho
Mi mare que no te viera
Contigo me voy pa´l nicho
Antes de que ella se muera
Y mi pare pena cantando
Mi niño va con cualquiera

Loquito me tienes, niña
Caramelitos amargos
Cada vez que tú me miras
Me pones entre los labios

Quien fuera las maderitas
que pisas con tus tacones
Quien fuera el pañuelito
Que abraza tus corazones
Quien fuera carmín en tus labios
Quien fuera tus dos amores

Si me dices ¡no te quiero!
mañana no vengo a verte
las rejas de tu ventana
son pa´mi rejón de muerte.

Campanitas de la torre
Tocadle cuando ella pase
Vientecitos de levante
Calmarse cuando ella llegue
Palomas arrulladoras
Posarse cuando ella baile
Angelotes alados
Cuidadla mientras se duerme

Tu mirada pirata
Niña de cuarenta ladrones
Me ha nublado la razón
Me ha clavado sus aguijones
Me ha atrapao a traición.

Mañana por la mañana
Vendré tempranito a tu vera
Y si tu mare me impide
Quererte de alguna manera
Al oído le iré suplicando
Por la sagrada cruz de madera

Cinco dedos de mi mano
Cinco velas pa´embrujarte
Cinco versos pá atraerte
Cinco plumas pa´mimarte
Cinco rosas pa´quererte
Cinco garras pa´ velarte
Y cinco vendas…
pa´no verte.

Un corazón desbocado
Unos ojos que no evitan
Un mirar de pecado
Una garganta que musita
Un requiebro apasionado
Y un silencio que no quita
Un grito de enamorado.
Niña del pelo de oro
Niña de la sonrisa bonita
Niña del talle gracioso
Niña de la voz luminosa
niña de la chispa en los ojos
rocío de las noches de mayo
fuente de mis suspiros llorosos.

1/20/2008

VENERO DE ESTÍO

El venero de la peña alta era el único que seguía manando aquel terrible verano de posguerra, en claro desafío a los principios de Arquímedes, ya que los de más abajo estaban secos desde mediados de julio. Por eso, al lugar acudían todos los que necesitaban agua fresca y potable, animales y hombres, desde varios kilómetros a la redonda. Esto lo tenía claro el comandante.
Le habían dicho mil veces que no salieran de día, pues la noche cubría a los guerrilleros con su manto protector. Pero hoy no podían esperar a que volviera a oscurecer, catorce horas más tarde. Mientras contemplaban a su compañero Manuel agonizar entre vomitonas y cagaleras, el jefe les mandó que, bajo ningún motivo, volvieran a beber el agua encharcada en el lecho casi seco del arroyo. Su cauce, antes caudaloso y chispeante, languidecía ahora tras un año mísero en lluvias. Fabián, “el Hurón”, el más joven de la partida, no dudó cuando pidieron un voluntario para ir al único venero vivo de todo el barranco. Cargó con el cántaro, las cantimploras, su canana y su escopeta y se puso en camino, breñas arriba.
El número Tomás García había salido de la academia de la Guardia Civil de Pinto hacía apenas un mes, y este era su primer destino. El comandante de puesto le había ordenado que, junto al veterano Cipriano López -un antiguo carabinero integrado en el Cuerpo-, “hiciera la espera” frente a la fuentecilla de la peña, un punto probable de abastecimiento de los bandoleros rojos que desde que terminó la cruzada, hacía siete años, aun pululaban por los montes. Llevaba cuatros días semioculto detrás de unos lentiscos, sin apenas moverse y el tedio estaba relajando la tensión de las primeras jornadas. La noche anterior, su compañero Cipriano dijo que se estaba poniendo malo, que tenía retortijones y que regresaba al cuartel del pueblo, que cumpliera las ordenanzas, etcétera, etcetera, y partió encorvado por la dolencia de su globosa barriga. Tomás observó, ya de lejos, cómo se iba enderezando a medida que se perdía por la cumbre de la loma. Comprobó que aun le quedaban provisiones –pan duro, latas de sardinas y algo de queso viejo- para otros cuatro días. El ex-carabinero le había dejado además una bota –antirreglamentaria- con coñac, disimulada en una talega. El sol empezaba a salir por encima de la barranca y pronto acabaría con el agradecido frescor de la noche. Otro largo día le esperaba junto a aquel chorrito de agua que en otras circunstancias no habría debido merecer la atención de nadie.
Desde la casilla de paredes de tapial y techo de juncos y eneas, Lola miraba a través del ventanuco festoneado de encajes hacia los arbustos donde se hallaba apostado el guardia. Su madre trajinaba en el fogón y de vez en cuando la miraba a ella.
- No te acerques tanto a la ventana, mozuela, que nada se te ha perdido ahí fuera. Y no hace falta que vayas a por agua, que ya voy yo, no sea que en vez del cántaro rebosado, seas tú la que vengas chorreando.
- Máma, ¡que cosas dice! ¿Qué voy a mirar yo? Vaya usted si quiere, pero si luego le duele el espinazo a mí no me cuente.
- Los costillares te van a doler a ti, cuando te los muela a palos por desvergonzada, y ponte a zurcir los calzones de tu padre.
Al sentarse ante el costurero, Lola dirigió un instante su vista a la senda por la que solía subir, escopeta al hombro, el muchacho que le dejaba la boca seca antes de llenar sus cantimploras de agua. Luego, se volvió a fijar en lo bien que le sentaba el uniforme al guardia, a pesar del tiempo que llevaba sin cambiarse, y, apretando fuerte la aguja reprimió un fino temblor en sus dedos.
Fabián arremetía contra el cuestarrón, cerca ya del venero. Ansiaba llegar, no solo para beber agua hasta hartarse sino para abrazar a la moza que saciaba la sed de su pecho. Tres veces antes, una por semana, había olvidado el tórrido infierno de aquel verano en el cielo cálido de sus brazos. Lo tenía decidido: o ella se venía al monte con él, o él abandonaba la partida y se perdía en la ciudad con ella. Los dos caminos eran casi imposibles pero no tenerla se le antojaba insoportable. Divisó la casilla y enseguida se percató de que no estaba el botijo de invierno en la ventana, la señal de que no había moros en la costa. Se paró en seco y escrutó el venero y sus alrededores. Una sombra desdibujada detrás del lentisco, coronada por un reflejo negro acharolado, le hizo ocultarse súbitamente bajo un arbusto mientras soltaba las vasijas y empuñaba la escopeta. El venero se había convertido en una trampa mortal. No podía llegar porque quedaba expuesto a los tiros del guardia y tampoco podía volver al campamento sin el agua que necesitaban con urgencia. Su instinto de hurón y felino le había salvado de momento.
Tomás, con la camisa del uniforme pegada a la espalda ya sudorosa, jugaba con el seguro del fusil mientras miraba de reojo la ventanilla por donde se había silueteado el rostro que le quitaba el sueño más que los mosquitos de la fuente. Un brevísimo movimiento de hojas le hizo volver repentinamente a las ordenanzas. Se echó el arma al hombro y a la par que un ¡altoquienvá!, apretó el gatillo apuntando al arbusto. Un ruido de tiestos rotos, junto a un ¡mecagoendiós! desde una boca pegada al suelo y el ¡ay! de un dedo pinchado, quedaron ahogados por el eco del disparo replicado en la vaguada. Solo el guerrillero oyó el silbido del proyectil rompiendo varias ramitas a un palmo de su cabeza. Un instante después, las alarmas del guardia le ordenaron ¡cuerpo a tierra! antes de que una andanada de perdigones provenientes de la escopeta del doce destrozara medio lentisco. Apenas dos segundos había tardado la respuesta del rojo.
Todo quedó en calma tensa menos los cuatro latidos desbocados y el chorrito de agua inmutable.
- ¡No os matéis a las puertas de mi casa so desgraciados, iros monte abajo, que bastante guerra hemos tenido. Ya perdí a dos hijos, uno con Franco y otro con la República y no quiero más muertos aquí!, espetó la madre acopiando todo el aplomo del dolor y de los años.
- ¡Alto a la Guardia Civil!, levanta las manos si estás vivo, gritó mientras apretaba el pecho contra los chinos del suelo y agarraba el detentebala con una mano y el culatín del fusil con la otra.
- Levántalas tú, ¡fascista de mierda!, ríndete al Ejercito Guerrillero del Pueblo, le respondió aplastando la tierra con la mejilla.
- ¿Qué Ejercito?, so bandolero marxista, entrégate ahora mismo o te juro, por Cristo, que te mato.
-¿Qué me entregue? Te voy a reventar los cojones si es que los tienes, ¡meapilas, cabronazo!
Lola, nerviosa y angustiada, se atrevió finalmente a mirar a través del visillo. Ninguno parecía estar herido, excepto ella misma que se había clavado la aguja en el dedo. En el llanillo, solo el borboteo impertérrito del chorro del agua contra el charquito rompía la calma tensa y cortante. Imperceptiblemente, los dos contendientes fueron acomodando sus posturas hasta poder observar al contrario sin exponerse. Guardaron un largo silencio valorando cada uno su situación. Tomás, muy presentes aún las lecciones de la Academia, se juro no desobedecer las órdenes, y además, vio que si trataba de recular quedaba al descubierto y era hombre muerto. Para colmo, empezó a sentir sed y la cantimplora se había quedado junto a la mochila dentro de la casilla. Fabián no estaba mejor, pero con más sed aún, después de la larga caminata desde el fondo del barranco, cargando con los recipientes. Él sí podría retirarse sin quedar bajo el fuego enemigo, pero aquel era el único acceso a la fuente y no quería dejar a la partida sin el agua potable que tanto necesitaba. ¿Qué hacer? Solo cabía esperar.
El sol y la temperatura fueron subiendo a la par. El calor abrasador hacía todavía más insolente el sonido de arpa que el agua emitía al romper sin fin en la superficie del pequeño embalse natural. Fermín miraba obsesivamente el caño improvisado de teja por donde transcurría, entre minúsculas riveras de verdina, el límpido fluido que debería inundar su garganta y que mantenía de un verde intenso, a pesar de la fuerte luz del mediodía, la grama y las junqueras que rodeaban el estanquillo. Tomás trataba de no pensar en las sensaciones que le proporcionaría el líquido elemento al llenar, fresco e insípidamente sabroso, cada rincón de su paladar. Acertó a ver a Lola, apenas asomada a la ventanita. La imaginó bañándose en el arroyo, con su grácil figura dibujada por la camisa y la recreó como una fuente que manaba agua de amor de sus labios, agua de madre de sus pechos y agua de vida de su vientre. Aquella mujer era una fuente y aquel venero una mujer, y él, un hombre determinado a fundirse con las dos.
Para ambos, lo más importante en su universo momentáneo era el agua que sus organismos pedían a gritos, tan cerca en el espacio y tan lejos en las voluntades, porque las consignas y los ideales los estaban matando de sed, sed de cuerpo deshidratado y sed de mente deshumanizada y soberbia.
–Esos locos se van a matar y a nosotras nos van a buscar otra ruina. Con tu padre preso por enlace de los del monte, lo único que faltaba es que muera alguien en la fuente. ¡Ay Dios mío, Dios mío!
– ¡Hay que hacer algo! madre. Esto lo arreglo yo.
Sin pensarlo dos veces, se quitó el pañuelo de la cabeza y se soltó el pelo. Luego se deshizo de la rebeca y se aflojó un poco el cordón del corpiño. Antes de que la madre pudiera impedírselo, Lola abrió la puerta y salió con un botijo en la cadera.
-¡A ver. Cacho de animales! ¿Es que no tenéis sed o qué? Yo tengo la garganta seca desde media mañana. Así que yo voy a llenar el porrón y meteros las escopetas por donde os quepan, so idiotas.
–Estése quieta, señorita, que ese bandolero malnacido la va a acribillar sin piedad.
- ¡Dónde vas so loca!, que ese hijo de puta fascista te va a dejar tiesa de un tiro.
Lola caminó hasta la fuente, justo en medio de la línea de tiro de los dos hombres.
-Tú, el del monte, llena tus cachivaches y vuélvete por donde has venido, y tu guardia, estate quietecito con el fusil, que antes de darle a éste me das a mí. ¿Es eso lo que quieres?
– Yo ha usted no le haría nada señorita, antes me pego un tiro que hacerle daño a usted.
- A ver si es verdad. ¡Oye! “Hurón”, no te olvides de llevarte la escopeta, y cuando vuelvas a por agua, no la traigas. Ya me encargaré yo de que no te haga falta.
– ¿Y cuando volveré a verte?, que estoy loquito por tus huesos.
– Ten fe, so descreído, que el sol sale para todo el mundo. ¡Guardia! anda entra en la casa, que dentro tengo agua fresca para ti. ¡Mama! vaya al pueblo y convenza al comandante para que suelte a papa. Usted ya sabrá cómo.
Quince años después, tras comprobar que no se le despistaba ninguna cabra de su rebaño, el “Hurón” asomó por la cresta de la loma desde donde se divisaba la casilla. Ahora era más amplia y tenía el techo de teja. El venero se habían convertido en una fuente que vertía el mismo chorro que antaño, pero en una pila, mitad lavadero y mitad abrevadero para los mulos y las cabras. El agua sobrante se canalizaba hasta un huerto inclinado cuyos tomates colorados, pimientos verdes y melones amarillos ponían una nota multicolor en la ladera. En el parral de la entrada se sentaba una vieja vestida de negro y más allá se encontraba aparcado un seiscientos flamante. Tomás salió de la casilla y el “Hurón” pensó en lo pequeño que le habría quedado el uniforme si lo volviera a usar, desde que dejó el cuerpo y se colocó de encargado del cortijo. Tomás se dirigió al zagalón que zascandileaba por los alrededores y le espetó:
- Niño, deja ya la escopetilla de plomos y vete a regar el huerto, que los tomates se va a caer de secos que están.
- Ya voy papá, que hoy es domingo, y el domingo es fiesta de guardar.
- Muy cristiano me has salido tú. ¡Anda que no te gusta poco el trabajo! ¿No dicen que los sietemesinos son muy nerviosos?
- El “Hurón” se rió entre dientes por lo de “sietemesino” y fijó su vista en la ventana. Cuando el cochecillo se alejó camino del cortijo, alguien puso en el alfeizar un botijo de invierno. No había moros en la costa.

11/19/2006

Pulso milenario



Nemeo levantó la vista de la superficie del estero y vio acercarse pausadamente, aprovechando la marea alta, el mercante birreme proveniente de Gadir. Contorneaba los invisibles meandros, conducido por el hábil piloto tarteso, uno de los pocos que conocía el fondo traicionero de aquellas aguas, antaño un extenso lago, convertido ahora en una intrincada red de canales apenas adivinados entre los bancos de arena. Volvió su atención al fondo del lago, soñando con embarcar en una de aquellas naves que trasportaban la plata, el cobre, el plomo y el hierro que extraían los mineros junto al río teñido de rojo. Un reflejo plateado disparó instintivamente su brazo y el arpón de caña ensartó un hermoso barbo que depositó, convulsionando, en la cesta ya casi llena, sujeta en el centro de la balsa de juncos.
El sol teñía de naranja el horizonte cuando el joven pescador impulsó con la pértiga la ligera embarcación hasta la orilla, donde la afianzó en un breve promontorio antes de emprender el regreso a la aldea. Caminó a paso firme para llegar hasta la fuente donde habría de hacer las abluciones rituales del atardecer. La vieja Eriga lo esperaba sentada, como siempre, en la gran piedra junto al caño. Lo purificó vertiéndole por tres veces el contenido de la jarra adornada con inscripciones mágicas, mientras salmodiaba unos versículos cuyo significado solo ella conocía. Después, sació su sed con aquella agua chispeante que deglutía de manera compulsa. La pitonisa lo refrenó con un suave tiento en el brazo:
- Tranquilo Nemeo, que aunque el agua esté bendecida, hay que tomarla con mesura. Una cosa es la sed y otra la glotonería.
Tres peces grandes pasaron al cesto de la mujer, mientras el joven volvía a cargar sus capturas a la espalda, y se colocaba sobre el hombro el cántaro lleno del sagrado líquido. La senda transcurría ondulante y sombreada por juagarzos y alcornoques. En sus ramas se escuchaba el canto de tórtolas, zarzales y milanos y el chillido de algún mono. Un gamo se adivinó por un instante entre los bayuncos y los cártamos que casi invadían el paso.

Tras dejar atras el bosquecillo, distinguió la casa circular donde vivía con sus padres y sus hermanas. Observó cómo al madre metía dentro del recinto el pescado puesto a secar días atrás y cómo su hermana se preparaba para salazonar parte del que les llevaba hoy. Solo los ejemplares más vistosos se venderían, frescos, en los alrededores del templo, y lo mejor quizás terminase en la mesa del rey.
Al llegar se encontró con una agradable sorpresa: su tío Ormo, tercer ayudante de un consejero real, estaba de visita. Reverenció primero a su padre y luego al hermano de este, besando el amuleto que colgaba del cuello. Era él quien le despertaba las ansias de navegar por remotos lugares hablándole de los viajeros de Tiro, de Sidón o de Byblos -en el levante del gran mar interior- que había conocido en Gadir, acompañando a su señor. Tras los saludos, se situó a una respetuosa distancia que le permitía oír discretamente la conversación.
- Los tiempos están cambiando, adorado hermano mayor –decía su tío-. A pesar del esplendor del reino, gracias al sabio gobierno de nuestro rey Argantonio, ¡que los dioses lo protegan!, se vislumbran densos nubarrones.
- No seas agorero, querido hermano benjamín. Los de palacio siempre os quejáis.
- Esta vez es diferente, Denio: Hay preocupación en la corte. Por un lado se viven malos momentos en las ciudades con las que comerciamos. El imperio Persa amenaza toda la región fenicia y tarde o temprano se lanzará al ataque.
- Pero en otras regiones vecinas comercian con los griegos, según nos has comentado alguna vez .
- Cierto, pero tampoco ellos escapan a los peligros en sus propios reinos. Focea, buena aliada de Tartessos, también está bajo la mira de Ciro, el emperador Persa. Nuestro rey ha ofrecido a los f0ceos territorios para que se instalen junto a nosotros, pero no han aceptado. Se piensa hasta en ayudarles a construir murallas. Si falla el comercio con ellos solo nos quedarían los cartagineses, de los que nadie se fía.
- Otros estarán dispuestos a importar nuestro metales, ya veras, y si no, el reino tiene riquezas propias para subsistir.
- No lo creas. Nos hemos vuelto demasiado dependientes del comercio. Los prohombres ya no pueden prescindir de los productos que vienen de ultramar. Eso es lo que crea la riqueza para ellos y no nuestros cultivos tradicionales, que siempre nos dieron de comer. Sin los alimentos traídos de fuera, ya no se podríamantener a los guerreros ni a los funcionarios ni a los sacerdotes, o sea, al propio estado.
- Siempre pensé que deberíamos contentarnos con lo que pescamos, lo que cazamos y lo que cultivamos con nuestras propias manos. ¿Para que sirven tantos perfumes y tantas especies?
- Cierto, pero no es solo eso. Nuestro reino puede desmembrarse. La construcción en la corte del nuevo templo dedicado a Astartek -la diosa de la vida y del más allá, la que guía a los navegantes- ha despertado el recelo del asentamiento que hay a orillas del mar. Se oyen allí voces que exigen segregarse y fundar un estado independiente, para controlar el comercio de los minerales. Solo la mano sabia y fuerte de Argantonio mantiene la unidad, pero cuando se vaya con los dioses, no se….
- El reino es sólido y nadie discute la importancia de que el palacio esté situado en este asentamiento, junto al gran lago.
- Ese es el tercer problema, hermano Denio. ¿Qué queda ya del gran lago? Según los sabios, antes fue profundo, pero a lo largo de los siglos, su lecho se fue rellenando de sedimentos traidos por las correntías del río largo y caudaloso. Cada vez resulta más difícil la navegación. Solo los avezados pilotos que Argantonio pone a disposición de los birremes fenicios pueden conducirlos hasta nuestro embarcadero.
- Aprovechando la marea alta –completo Denio-.
- Pero cada vez embarrancan más navíos y pronto los consignatarios se negarán a enviarlos. Ya no llegan trirremes, como antes. Terminaremos transportando la mercancía hasta Gadir en barcazas para trasvasarla a los mercantes. Los comerciantes terminarán prefiriendo la ciudad a orillas del mar, aunque los minerales tarden en llegar por tierra.
- ¡Que paradoja hermano!. El agua que siempre bendice y mantiene vivos a los hombres asfixia ahora a su reino.
- Así es. Si el reino se divide, estaremos a merced de los extranjeros.
- Recemos para que no ocurra. ¡Que Gárgoris, Habis y Geón nos protejan!

Nemeo, aparentando estar distraído, no perdía detalle de la conversación. Una visión apocalíptica se abría paso en su mente. Siempre creyó que habitaba en uno de los imperios poderosos del mundo conocido. Tartessos era temido en toda las tierras de la piel de toro y respetado por los pueblos lejanos, que procuraban la amistad de sus gobernantes para beneficio mutuo. ¿No era gracias a los buenos oficios de rey Argantonio como obtenían, sal, cereales, gallinas, especias, joyas, alabastros, tejidos y un sin fin de productos exóticos? ¿No se mostraban las mujeres de nuestros comerciantes más hermosas y altivas gracias a estos aditamentos? ¿Tendría razón su padre cuando decía que mejor hubiera sido subsistir con lo que obtenían de sus campos y riveras en vez de depender del intercambio?
En ese torbellino de ideas estaba cuando, a través del ventanuco, vio pasar a la vieja Eriga seguida de una joven, casi niña, de silueta grácil y rostro luminoso. La muchacha giró la cabeza súbitamente, y sus miradas se cruzaron solo un instante, tan rápido como el esbozo de sonrisa que saludó al pescador. El gesto de sorpresa no pasó desapercibido para Nola, la hermana menor, que, sin ser preguntada, le dijo:
- Es Erina, la nieta de la curandera. Su madre ha muerto de unas fiebres al otro lado del lago y la abuela quiere que sea sacerdotisa del templo de Astartek. Así que no te fijes en ella, hermanito, porque está prohibida para ti. Será una doncella más para el gran sacerdote. Pronto se iniciará en los ritos del agua y solo podrá verla en la ceremonia de la fertilidad, cuando se sumerjan en la laguna sagrada. Apenas alcanzarás a distinguirla entre las demás vestales.
Un escalofrío se proyectó desde los pies a la cabeza. Superando la parálisis inicial, salió al exterior, pero las dos mujeres habían desaparecido tras el recodo del camino. Su madre le urgió:
- Nemeo, separa el pescado fresco del de la salazón antes de que se estropee. Tu hermana va a salarlo ahora mismo.
Cómo un autómata, olvidando los malos presagios del tío Ormo, seleccionó mecánicamente los peces que la madre vendería al día siguiente. Solo tenía un pensamiento: ¿cómo la mujercita más bella que habían contemplado sus ojos podía terminar en manos del viejo clérigo?. ¿Qué podría hace él para evitarlo y atraer su atención?

La joven caminaba a buen paso. Dentro de una semana, el 18 de mayo de 2057, cumpliría 23 años. Anochecía cuando maldijo al comprobar que las baterías solares del baqueteado todoterreno híbrido de fabricación china apenas habían cargado los acumuladores. Tendría que encender el motor biodiesel, agotando su cuota mensual de contaminación. Como ecoinspectora 0503, había pasado toda la jornada localizando un punto clandestino de obtención de agua por condensación de humedad de la tierra. Lo ubicaba en el cuadrante A79-35Z, en un punto intermedio entre Dos Hermanas y Los Palacios.
Hacía tiempo que habían erradicado la mayoría de los pozos de extracción directa, aunque de vez en cuando se producían nuevas detecciones desde los globocopteros de la Agencia. Pero los agrofurtivos empleaban equipos cada vez más disimulados, por lo que dependían de las delaciones para descubrir las captaciones ilegales, y estas no siempre aportaban datos precisos.
Hacia la caída tarde, había terminado de delimitar un área suficientemente definida como para que a la mañana siguiente la unidad ejecutiva peinara la zona y encontrara la instalación.
Se sentía desanimada con su trabajo, a pesar de que el aprecio por el agua le fue trasmitido por la cultura de sus antepasados, procedentes del Sahara. A Sheila Almutamid se le antojaba más rutinario que cuando empezó: buscar captaciones ilegales, tomar muestras, revisar los sensores de los cauces, denunciar los delitos de derroche y apología de la lujuria hídrica y tareas similares.
Aún aparecían sitios web que incitaban al consumo acuoso ofreciendo imágenes pornográficas bajo las proscritas duchas o inmersos en arcaicas piscinas, y todavía se visionaban en secreto películas con escenas de uso fraudulento del agua.¿Qué importancia tenía que en la nueva versión de Psicosis el asesinato se cometiese tras un vestidor?. Hithcock lo habrían entendido si conociera el terrible avance de la desertización. ¿Porqué a algunos les cuesta tanto limpiar la ropa en seco y se empeñan en diluir los restos de efluvios corporales en la misma cantidad de agua que puede hidratar a un persona durante dos semanas? ¿Qué tiene de malo la higiene por pulverización? Hace poco detuvieron a dos personas mayores que conservaban un cuarto de aseo antiguo operativo y el mes pasado encontraron un baño turco clandestino. Cómo les había dicho el director de la Agencia, su misión era cambiar la cultura de despilfarro del sagrado elemento e imponer la del ahorro. ¡Pero resultaba tan difícil mentalizar a la gente! Para darse ánimos se prometió que cuando llegara a casa, celebraría el fin de semana abriendo la botella procedente de Lanjarón que tenía reservada.
Se aflojó imprudentemente la sujeción del cuello de su traje protector. Los rayos ultravioleta eran ya muy débiles y, por otro lado, no esperaba encontrarse con ningún mosquito que le inoculara la malaria o el paludismo. Aunque debería predicar con el ejemplo, nadie la vería en medio del campo. Una vez dentro del auto, cerrada ya la cúpula de metacrilato, se liberó de la escafandra y se alisó el cabello apelmazado por la presión. Tendría que reclamar el nuevo modelo, más ligero y fresco que aquella vieja pecera puesta del revés. Los fondos de la UE, de los que dependía su organismo, se hacían rogar y era frecuente que el gobierno autonómico hubiera de adelantar el dinero. Por lo menos el chip subcutáneo que servía de DNI y tarjeta de crédito a la vez tenía siempre crédito suficiente, pues de lo contrario se convertiría en un muerto social, en un CSC “Chipado sin crédito” como se les conocía en el argot policial.
Mientras se acomodaba recordó lo aprendido acerca de la reciente historia de la climatología. Al principio se trató de ocultar el cambio climático y científicos a sueldo de ocultos intereses dijeron que las alteraciones eran normales. No obstante, poco a poco aquellas voces se fueron silenciando, cuando ya nadie pudo negar la evidencia. Aún así, pasó mucho tiempo antes de que los países más poderosos e industrializados tomaran medidas efectivas para tratar de remediar la situación. Quizás fuera ya tarde, en las próximas décadas se vería.
Conectó el interruptor y el motor de explosión transmitió su suave rorroneo. De regreso al perímetro urbano, por el camino reseco, las ruedas levantaron una polvareda visible a distancia. Los campos aparecían yermos, apenas cubiertos de algún hierbajo indómito. Solo las granjas de humedad y los huertos e invernaderos autorizados, alguno quizás no, daban un tono verde que simbolizaba más que nunca la esperanza, el anhelo de volver a ver aquel semidesierto convertido en un vergel, como lo fue en la noche de los tiempos. Casi sin darse cuenta, tomó la ruta 42, la más larga, que pasaba por donde había visto al chico una sola vez, mientras caminaba vestido con un extraño atuendo, cargado con una cesta llena de peces.

5/06/2006

Primavera tardía

Las tardes de primavera tardía, después de la media siesta, son propicias para el relajo de vísceras y neuronas y el estímulo de los sentidos. Se acerca el verano, llegan las primeras moscas y la luz va cambiando del frío azulado al cálido naranja suave. Los campos aparecen en flor y los hombres maduros miran de reojo cuando ven pasar las rosas, las azucenas y las margaritas. Los hombres jóvenes miran con descaro. Los jóvenes tienen todo el derecho del mundo. Los maduros también pero está feo que lo ejerzan, así que se conforman con apurar vaso tras vaso de cerveza helada al anochecer, aguantando el mármol de la barra del bar, mientras ven perder otra vez al Betis, que viva mánquepierda, pero que si gana también se lo perdonan.

En Sevilla, el azahar y el jazmín compiten con los usillos y los tubos de escape por el espacio aromático, y por unos días ganan la batalla, no es cosa de dejar en mal lugar al delegado de la Consejería de Turismo. En el espacio sonoro no hay rasgueo de guitarra que pueda con los tubarros de los escuter ni con las sirenas de las ambulancias, que parecen funcionar a base de decibelios en vez de caballos de vapor.


Las noches de primavera tardía no son ni frías ni calurosas, son de una temperatura desconcertante, que te dejan con cara de idiota cuando abres el ropero empotrado. Pero yo lo tengo claro: mi camiseta de tirantes, blanca por supuesto, bajo la camisa que no me falte. Todo hombre de bien debería llevarla siempre puesta, incluso en los momentos íntimos. La camiseta de tirantes es como la monarquía, que no sirve para nada pero da seguridad y aplomo.

A veces, en la primavera tardía de Andalucía, hay que acudir a las comuniones. Ahora te libras del acto religioso y te diriges directamente a la comida, que Dios nos perdone, aunque tendrá cosas más importantes que fiscalizar. Todavía se lleva lo de vestir de marinerito, eso no cambia. Lo que si varía es el rumbo que han tomado las celebraciones y, por ende, lo caro que resulta el regalo –la fórmula es “precio del cubierto por numero de comensales más un cincuenta por ciento de lo anterior- en dinero contante o versión más decorosa: tarjeta-regalo. No es raro ver a un niño ir a la comunión en coche de caballos, ¡Que horror!

En la primavera tardía se vive muy bien en Sevilla, como en el resto del año, menos en los días claves de Semana Santa y Feria, cuando los sevillanos tontos nos vamos a la playita, para dejar sitio a los madrileños. Porque hay sevillanos, la mayoría, que no nos vestimos de nazareno, ni montamos a caballo ni tenemos caseta en la feria. Y muchos ni sabemos bailar sevillanas. Eso sí, chistes contamos todos.

5/05/2006

Lienzo en blanco

Me asomo a esta plaza como el pintor que se enfrentra a un lienzo en blanco: con la incertidumbre de si de aquí saldrá una obra de arte o un harapo que no sirva ni para limpiar los rincones del retrete. Y es que en este tablón de anuncios cabe todo: lo conveniente, lo inadecuado, lo correcto, lo inoportuno, lo discreto, lo impertinente, lo elegante, lo soez... incluso lo más indecoroso, una declaración de amor a la luz de una lampara de gas, después de treinta años de hacerlo bajo el parpadeo de un florescente. Porque a fuerza de repetirlo, las palabras han perdido ya su relieve y solo desde el suave deslizar de la yema de mis dedos por los confines de la tiranta de tu sujetador puedo hacerte llegar lo que tanto tengo que decirte: ¡te quiero!.