11/19/2006

Pulso milenario



Nemeo levantó la vista de la superficie del estero y vio acercarse pausadamente, aprovechando la marea alta, el mercante birreme proveniente de Gadir. Contorneaba los invisibles meandros, conducido por el hábil piloto tarteso, uno de los pocos que conocía el fondo traicionero de aquellas aguas, antaño un extenso lago, convertido ahora en una intrincada red de canales apenas adivinados entre los bancos de arena. Volvió su atención al fondo del lago, soñando con embarcar en una de aquellas naves que trasportaban la plata, el cobre, el plomo y el hierro que extraían los mineros junto al río teñido de rojo. Un reflejo plateado disparó instintivamente su brazo y el arpón de caña ensartó un hermoso barbo que depositó, convulsionando, en la cesta ya casi llena, sujeta en el centro de la balsa de juncos.
El sol teñía de naranja el horizonte cuando el joven pescador impulsó con la pértiga la ligera embarcación hasta la orilla, donde la afianzó en un breve promontorio antes de emprender el regreso a la aldea. Caminó a paso firme para llegar hasta la fuente donde habría de hacer las abluciones rituales del atardecer. La vieja Eriga lo esperaba sentada, como siempre, en la gran piedra junto al caño. Lo purificó vertiéndole por tres veces el contenido de la jarra adornada con inscripciones mágicas, mientras salmodiaba unos versículos cuyo significado solo ella conocía. Después, sació su sed con aquella agua chispeante que deglutía de manera compulsa. La pitonisa lo refrenó con un suave tiento en el brazo:
- Tranquilo Nemeo, que aunque el agua esté bendecida, hay que tomarla con mesura. Una cosa es la sed y otra la glotonería.
Tres peces grandes pasaron al cesto de la mujer, mientras el joven volvía a cargar sus capturas a la espalda, y se colocaba sobre el hombro el cántaro lleno del sagrado líquido. La senda transcurría ondulante y sombreada por juagarzos y alcornoques. En sus ramas se escuchaba el canto de tórtolas, zarzales y milanos y el chillido de algún mono. Un gamo se adivinó por un instante entre los bayuncos y los cártamos que casi invadían el paso.

Tras dejar atras el bosquecillo, distinguió la casa circular donde vivía con sus padres y sus hermanas. Observó cómo al madre metía dentro del recinto el pescado puesto a secar días atrás y cómo su hermana se preparaba para salazonar parte del que les llevaba hoy. Solo los ejemplares más vistosos se venderían, frescos, en los alrededores del templo, y lo mejor quizás terminase en la mesa del rey.
Al llegar se encontró con una agradable sorpresa: su tío Ormo, tercer ayudante de un consejero real, estaba de visita. Reverenció primero a su padre y luego al hermano de este, besando el amuleto que colgaba del cuello. Era él quien le despertaba las ansias de navegar por remotos lugares hablándole de los viajeros de Tiro, de Sidón o de Byblos -en el levante del gran mar interior- que había conocido en Gadir, acompañando a su señor. Tras los saludos, se situó a una respetuosa distancia que le permitía oír discretamente la conversación.
- Los tiempos están cambiando, adorado hermano mayor –decía su tío-. A pesar del esplendor del reino, gracias al sabio gobierno de nuestro rey Argantonio, ¡que los dioses lo protegan!, se vislumbran densos nubarrones.
- No seas agorero, querido hermano benjamín. Los de palacio siempre os quejáis.
- Esta vez es diferente, Denio: Hay preocupación en la corte. Por un lado se viven malos momentos en las ciudades con las que comerciamos. El imperio Persa amenaza toda la región fenicia y tarde o temprano se lanzará al ataque.
- Pero en otras regiones vecinas comercian con los griegos, según nos has comentado alguna vez .
- Cierto, pero tampoco ellos escapan a los peligros en sus propios reinos. Focea, buena aliada de Tartessos, también está bajo la mira de Ciro, el emperador Persa. Nuestro rey ha ofrecido a los f0ceos territorios para que se instalen junto a nosotros, pero no han aceptado. Se piensa hasta en ayudarles a construir murallas. Si falla el comercio con ellos solo nos quedarían los cartagineses, de los que nadie se fía.
- Otros estarán dispuestos a importar nuestro metales, ya veras, y si no, el reino tiene riquezas propias para subsistir.
- No lo creas. Nos hemos vuelto demasiado dependientes del comercio. Los prohombres ya no pueden prescindir de los productos que vienen de ultramar. Eso es lo que crea la riqueza para ellos y no nuestros cultivos tradicionales, que siempre nos dieron de comer. Sin los alimentos traídos de fuera, ya no se podríamantener a los guerreros ni a los funcionarios ni a los sacerdotes, o sea, al propio estado.
- Siempre pensé que deberíamos contentarnos con lo que pescamos, lo que cazamos y lo que cultivamos con nuestras propias manos. ¿Para que sirven tantos perfumes y tantas especies?
- Cierto, pero no es solo eso. Nuestro reino puede desmembrarse. La construcción en la corte del nuevo templo dedicado a Astartek -la diosa de la vida y del más allá, la que guía a los navegantes- ha despertado el recelo del asentamiento que hay a orillas del mar. Se oyen allí voces que exigen segregarse y fundar un estado independiente, para controlar el comercio de los minerales. Solo la mano sabia y fuerte de Argantonio mantiene la unidad, pero cuando se vaya con los dioses, no se….
- El reino es sólido y nadie discute la importancia de que el palacio esté situado en este asentamiento, junto al gran lago.
- Ese es el tercer problema, hermano Denio. ¿Qué queda ya del gran lago? Según los sabios, antes fue profundo, pero a lo largo de los siglos, su lecho se fue rellenando de sedimentos traidos por las correntías del río largo y caudaloso. Cada vez resulta más difícil la navegación. Solo los avezados pilotos que Argantonio pone a disposición de los birremes fenicios pueden conducirlos hasta nuestro embarcadero.
- Aprovechando la marea alta –completo Denio-.
- Pero cada vez embarrancan más navíos y pronto los consignatarios se negarán a enviarlos. Ya no llegan trirremes, como antes. Terminaremos transportando la mercancía hasta Gadir en barcazas para trasvasarla a los mercantes. Los comerciantes terminarán prefiriendo la ciudad a orillas del mar, aunque los minerales tarden en llegar por tierra.
- ¡Que paradoja hermano!. El agua que siempre bendice y mantiene vivos a los hombres asfixia ahora a su reino.
- Así es. Si el reino se divide, estaremos a merced de los extranjeros.
- Recemos para que no ocurra. ¡Que Gárgoris, Habis y Geón nos protejan!

Nemeo, aparentando estar distraído, no perdía detalle de la conversación. Una visión apocalíptica se abría paso en su mente. Siempre creyó que habitaba en uno de los imperios poderosos del mundo conocido. Tartessos era temido en toda las tierras de la piel de toro y respetado por los pueblos lejanos, que procuraban la amistad de sus gobernantes para beneficio mutuo. ¿No era gracias a los buenos oficios de rey Argantonio como obtenían, sal, cereales, gallinas, especias, joyas, alabastros, tejidos y un sin fin de productos exóticos? ¿No se mostraban las mujeres de nuestros comerciantes más hermosas y altivas gracias a estos aditamentos? ¿Tendría razón su padre cuando decía que mejor hubiera sido subsistir con lo que obtenían de sus campos y riveras en vez de depender del intercambio?
En ese torbellino de ideas estaba cuando, a través del ventanuco, vio pasar a la vieja Eriga seguida de una joven, casi niña, de silueta grácil y rostro luminoso. La muchacha giró la cabeza súbitamente, y sus miradas se cruzaron solo un instante, tan rápido como el esbozo de sonrisa que saludó al pescador. El gesto de sorpresa no pasó desapercibido para Nola, la hermana menor, que, sin ser preguntada, le dijo:
- Es Erina, la nieta de la curandera. Su madre ha muerto de unas fiebres al otro lado del lago y la abuela quiere que sea sacerdotisa del templo de Astartek. Así que no te fijes en ella, hermanito, porque está prohibida para ti. Será una doncella más para el gran sacerdote. Pronto se iniciará en los ritos del agua y solo podrá verla en la ceremonia de la fertilidad, cuando se sumerjan en la laguna sagrada. Apenas alcanzarás a distinguirla entre las demás vestales.
Un escalofrío se proyectó desde los pies a la cabeza. Superando la parálisis inicial, salió al exterior, pero las dos mujeres habían desaparecido tras el recodo del camino. Su madre le urgió:
- Nemeo, separa el pescado fresco del de la salazón antes de que se estropee. Tu hermana va a salarlo ahora mismo.
Cómo un autómata, olvidando los malos presagios del tío Ormo, seleccionó mecánicamente los peces que la madre vendería al día siguiente. Solo tenía un pensamiento: ¿cómo la mujercita más bella que habían contemplado sus ojos podía terminar en manos del viejo clérigo?. ¿Qué podría hace él para evitarlo y atraer su atención?

La joven caminaba a buen paso. Dentro de una semana, el 18 de mayo de 2057, cumpliría 23 años. Anochecía cuando maldijo al comprobar que las baterías solares del baqueteado todoterreno híbrido de fabricación china apenas habían cargado los acumuladores. Tendría que encender el motor biodiesel, agotando su cuota mensual de contaminación. Como ecoinspectora 0503, había pasado toda la jornada localizando un punto clandestino de obtención de agua por condensación de humedad de la tierra. Lo ubicaba en el cuadrante A79-35Z, en un punto intermedio entre Dos Hermanas y Los Palacios.
Hacía tiempo que habían erradicado la mayoría de los pozos de extracción directa, aunque de vez en cuando se producían nuevas detecciones desde los globocopteros de la Agencia. Pero los agrofurtivos empleaban equipos cada vez más disimulados, por lo que dependían de las delaciones para descubrir las captaciones ilegales, y estas no siempre aportaban datos precisos.
Hacia la caída tarde, había terminado de delimitar un área suficientemente definida como para que a la mañana siguiente la unidad ejecutiva peinara la zona y encontrara la instalación.
Se sentía desanimada con su trabajo, a pesar de que el aprecio por el agua le fue trasmitido por la cultura de sus antepasados, procedentes del Sahara. A Sheila Almutamid se le antojaba más rutinario que cuando empezó: buscar captaciones ilegales, tomar muestras, revisar los sensores de los cauces, denunciar los delitos de derroche y apología de la lujuria hídrica y tareas similares.
Aún aparecían sitios web que incitaban al consumo acuoso ofreciendo imágenes pornográficas bajo las proscritas duchas o inmersos en arcaicas piscinas, y todavía se visionaban en secreto películas con escenas de uso fraudulento del agua.¿Qué importancia tenía que en la nueva versión de Psicosis el asesinato se cometiese tras un vestidor?. Hithcock lo habrían entendido si conociera el terrible avance de la desertización. ¿Porqué a algunos les cuesta tanto limpiar la ropa en seco y se empeñan en diluir los restos de efluvios corporales en la misma cantidad de agua que puede hidratar a un persona durante dos semanas? ¿Qué tiene de malo la higiene por pulverización? Hace poco detuvieron a dos personas mayores que conservaban un cuarto de aseo antiguo operativo y el mes pasado encontraron un baño turco clandestino. Cómo les había dicho el director de la Agencia, su misión era cambiar la cultura de despilfarro del sagrado elemento e imponer la del ahorro. ¡Pero resultaba tan difícil mentalizar a la gente! Para darse ánimos se prometió que cuando llegara a casa, celebraría el fin de semana abriendo la botella procedente de Lanjarón que tenía reservada.
Se aflojó imprudentemente la sujeción del cuello de su traje protector. Los rayos ultravioleta eran ya muy débiles y, por otro lado, no esperaba encontrarse con ningún mosquito que le inoculara la malaria o el paludismo. Aunque debería predicar con el ejemplo, nadie la vería en medio del campo. Una vez dentro del auto, cerrada ya la cúpula de metacrilato, se liberó de la escafandra y se alisó el cabello apelmazado por la presión. Tendría que reclamar el nuevo modelo, más ligero y fresco que aquella vieja pecera puesta del revés. Los fondos de la UE, de los que dependía su organismo, se hacían rogar y era frecuente que el gobierno autonómico hubiera de adelantar el dinero. Por lo menos el chip subcutáneo que servía de DNI y tarjeta de crédito a la vez tenía siempre crédito suficiente, pues de lo contrario se convertiría en un muerto social, en un CSC “Chipado sin crédito” como se les conocía en el argot policial.
Mientras se acomodaba recordó lo aprendido acerca de la reciente historia de la climatología. Al principio se trató de ocultar el cambio climático y científicos a sueldo de ocultos intereses dijeron que las alteraciones eran normales. No obstante, poco a poco aquellas voces se fueron silenciando, cuando ya nadie pudo negar la evidencia. Aún así, pasó mucho tiempo antes de que los países más poderosos e industrializados tomaran medidas efectivas para tratar de remediar la situación. Quizás fuera ya tarde, en las próximas décadas se vería.
Conectó el interruptor y el motor de explosión transmitió su suave rorroneo. De regreso al perímetro urbano, por el camino reseco, las ruedas levantaron una polvareda visible a distancia. Los campos aparecían yermos, apenas cubiertos de algún hierbajo indómito. Solo las granjas de humedad y los huertos e invernaderos autorizados, alguno quizás no, daban un tono verde que simbolizaba más que nunca la esperanza, el anhelo de volver a ver aquel semidesierto convertido en un vergel, como lo fue en la noche de los tiempos. Casi sin darse cuenta, tomó la ruta 42, la más larga, que pasaba por donde había visto al chico una sola vez, mientras caminaba vestido con un extraño atuendo, cargado con una cesta llena de peces.

5/06/2006

Primavera tardía

Las tardes de primavera tardía, después de la media siesta, son propicias para el relajo de vísceras y neuronas y el estímulo de los sentidos. Se acerca el verano, llegan las primeras moscas y la luz va cambiando del frío azulado al cálido naranja suave. Los campos aparecen en flor y los hombres maduros miran de reojo cuando ven pasar las rosas, las azucenas y las margaritas. Los hombres jóvenes miran con descaro. Los jóvenes tienen todo el derecho del mundo. Los maduros también pero está feo que lo ejerzan, así que se conforman con apurar vaso tras vaso de cerveza helada al anochecer, aguantando el mármol de la barra del bar, mientras ven perder otra vez al Betis, que viva mánquepierda, pero que si gana también se lo perdonan.

En Sevilla, el azahar y el jazmín compiten con los usillos y los tubos de escape por el espacio aromático, y por unos días ganan la batalla, no es cosa de dejar en mal lugar al delegado de la Consejería de Turismo. En el espacio sonoro no hay rasgueo de guitarra que pueda con los tubarros de los escuter ni con las sirenas de las ambulancias, que parecen funcionar a base de decibelios en vez de caballos de vapor.


Las noches de primavera tardía no son ni frías ni calurosas, son de una temperatura desconcertante, que te dejan con cara de idiota cuando abres el ropero empotrado. Pero yo lo tengo claro: mi camiseta de tirantes, blanca por supuesto, bajo la camisa que no me falte. Todo hombre de bien debería llevarla siempre puesta, incluso en los momentos íntimos. La camiseta de tirantes es como la monarquía, que no sirve para nada pero da seguridad y aplomo.

A veces, en la primavera tardía de Andalucía, hay que acudir a las comuniones. Ahora te libras del acto religioso y te diriges directamente a la comida, que Dios nos perdone, aunque tendrá cosas más importantes que fiscalizar. Todavía se lleva lo de vestir de marinerito, eso no cambia. Lo que si varía es el rumbo que han tomado las celebraciones y, por ende, lo caro que resulta el regalo –la fórmula es “precio del cubierto por numero de comensales más un cincuenta por ciento de lo anterior- en dinero contante o versión más decorosa: tarjeta-regalo. No es raro ver a un niño ir a la comunión en coche de caballos, ¡Que horror!

En la primavera tardía se vive muy bien en Sevilla, como en el resto del año, menos en los días claves de Semana Santa y Feria, cuando los sevillanos tontos nos vamos a la playita, para dejar sitio a los madrileños. Porque hay sevillanos, la mayoría, que no nos vestimos de nazareno, ni montamos a caballo ni tenemos caseta en la feria. Y muchos ni sabemos bailar sevillanas. Eso sí, chistes contamos todos.

5/05/2006

Lienzo en blanco

Me asomo a esta plaza como el pintor que se enfrentra a un lienzo en blanco: con la incertidumbre de si de aquí saldrá una obra de arte o un harapo que no sirva ni para limpiar los rincones del retrete. Y es que en este tablón de anuncios cabe todo: lo conveniente, lo inadecuado, lo correcto, lo inoportuno, lo discreto, lo impertinente, lo elegante, lo soez... incluso lo más indecoroso, una declaración de amor a la luz de una lampara de gas, después de treinta años de hacerlo bajo el parpadeo de un florescente. Porque a fuerza de repetirlo, las palabras han perdido ya su relieve y solo desde el suave deslizar de la yema de mis dedos por los confines de la tiranta de tu sujetador puedo hacerte llegar lo que tanto tengo que decirte: ¡te quiero!.