5/06/2006

Primavera tardía

Las tardes de primavera tardía, después de la media siesta, son propicias para el relajo de vísceras y neuronas y el estímulo de los sentidos. Se acerca el verano, llegan las primeras moscas y la luz va cambiando del frío azulado al cálido naranja suave. Los campos aparecen en flor y los hombres maduros miran de reojo cuando ven pasar las rosas, las azucenas y las margaritas. Los hombres jóvenes miran con descaro. Los jóvenes tienen todo el derecho del mundo. Los maduros también pero está feo que lo ejerzan, así que se conforman con apurar vaso tras vaso de cerveza helada al anochecer, aguantando el mármol de la barra del bar, mientras ven perder otra vez al Betis, que viva mánquepierda, pero que si gana también se lo perdonan.

En Sevilla, el azahar y el jazmín compiten con los usillos y los tubos de escape por el espacio aromático, y por unos días ganan la batalla, no es cosa de dejar en mal lugar al delegado de la Consejería de Turismo. En el espacio sonoro no hay rasgueo de guitarra que pueda con los tubarros de los escuter ni con las sirenas de las ambulancias, que parecen funcionar a base de decibelios en vez de caballos de vapor.


Las noches de primavera tardía no son ni frías ni calurosas, son de una temperatura desconcertante, que te dejan con cara de idiota cuando abres el ropero empotrado. Pero yo lo tengo claro: mi camiseta de tirantes, blanca por supuesto, bajo la camisa que no me falte. Todo hombre de bien debería llevarla siempre puesta, incluso en los momentos íntimos. La camiseta de tirantes es como la monarquía, que no sirve para nada pero da seguridad y aplomo.

A veces, en la primavera tardía de Andalucía, hay que acudir a las comuniones. Ahora te libras del acto religioso y te diriges directamente a la comida, que Dios nos perdone, aunque tendrá cosas más importantes que fiscalizar. Todavía se lleva lo de vestir de marinerito, eso no cambia. Lo que si varía es el rumbo que han tomado las celebraciones y, por ende, lo caro que resulta el regalo –la fórmula es “precio del cubierto por numero de comensales más un cincuenta por ciento de lo anterior- en dinero contante o versión más decorosa: tarjeta-regalo. No es raro ver a un niño ir a la comunión en coche de caballos, ¡Que horror!

En la primavera tardía se vive muy bien en Sevilla, como en el resto del año, menos en los días claves de Semana Santa y Feria, cuando los sevillanos tontos nos vamos a la playita, para dejar sitio a los madrileños. Porque hay sevillanos, la mayoría, que no nos vestimos de nazareno, ni montamos a caballo ni tenemos caseta en la feria. Y muchos ni sabemos bailar sevillanas. Eso sí, chistes contamos todos.

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