Me asomo a esta plaza como el pintor que se enfrentra a un lienzo en blanco: con la incertidumbre de si de aquí saldrá una obra de arte o un harapo que no sirva ni para limpiar los rincones del retrete. Y es que en este tablón de anuncios cabe todo: lo conveniente, lo inadecuado, lo correcto, lo inoportuno, lo discreto, lo impertinente, lo elegante, lo soez... incluso lo más indecoroso, una declaración de amor a la luz de una lampara de gas, después de treinta años de hacerlo bajo el parpadeo de un florescente. Porque a fuerza de repetirlo, las palabras han perdido ya su relieve y solo desde el suave deslizar de la yema de mis dedos por los confines de la tiranta de tu sujetador puedo hacerte llegar lo que tanto tengo que decirte: ¡te quiero!.
5/05/2006
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